sábado, 16 de marzo de 2013

Otman



(Extracto
de mi novela 
PASIÓN EN MARRAKECH).



Cuando llegué a la habitación de Otman comprendí por qué nos habíamos citado en esa y no en la mía. Abrió la puerta despacio y, con un gesto de su mano, me invitó a pasar. Penetré con sigilo y obedecí a su sugerencia de descalzarme. Era mucho más amplia y espaciosa que la mía, y olía a una mezcla de hierbabuena e incienso. La cama estaba al fondo y no tenía patas, o tal vez se trataba de un simple colchón, aunque vestido y adornado con su colcha roja y negra, y sus almohadones cilíndricos, del mismo color. El suelo estaba cubierto en su totalidad por alfombras y cojines de tonos calientes: granate, rosa fucsia, naranja… Paredes pintadas de lila, y una luz tenue. Otman estaba descalzo. Iba cubierto, del cuello a los tobillos, por una blanca chilaba, y adiviné su cuerpo desnudo bajo esa prenda. Se notaba que acababa de ducharse, olía muy bien. No llevaba el turbante y se había peinado el cabello, aún mojado, hacia atrás.
            Por mi parte, yo también me había esmerado como nunca en mi acicalamiento personal. A falta de la posibilidad de tomar un baño de espuma, me rocié de arriba abajo con agua de rosas. La había comprado en Fez, en un puesto en el que vendían todo tipo de productos cosméticos a unos precios increíbles. Por lo visto, el agua de rosas y el aceite de almendras son dos de los principales secretos de belleza de la mujer marroquí. Solía llevar el cabello recogido en cola de caballo, pero esta vez, decidí dejarlo suelto. Aunque lo tengo tan liso y fino que jamás se encrespa, lo cepillé a conciencia, hasta hacerlo brillar. Después de revolver mi maleta, desnuda, tratando de decidir qué ponerme, opté yo también por una especie de túnica violeta que lucía unos ornamentos egipcios. Amplia y medio transparente. No me puse nada debajo y me pareció que quedaba de lo más sugerente. Sabía que la ropa me iba a durar poco rato puesta, aun así, deseaba causarle buena impresión, seducirle, provocarle... Una extraña sensación se alojaba en mis entrañas. En mis cuarenta y muchos años de existencia jamás había experimentado nada igual. Recordé varios episodios de mi pasado. Hice un recorrido mental de lo que había significado para mí el sexo hasta ese momento y la única palabra que se me ocurrió para definirlo fue: decepción. Tan sólo evocaba con algo de cariño y simpatía los revolcones con mi primo Álvaro y la irresistible excitación que me provocaba la voz de aquel sacerdote con el que me confesaba en mi época de numeraria. De la vida íntima conyugal que pasé con Víctor no valía la pena ni acordarse. Y las veladas con Asier en las que él casi lloraba de emoción y yo me aburría fingiendo el orgasmo… sólo podían calificarse de soberanamente tediosas. Eso había sido mi vida sexual hasta llegar a Otman.
Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y me instó a hacer lo propio. A su lado reposaba una bandeja con una humeante tetera y un par de vasitos. Llenó uno de los vasos dejando caer el chorro desde muy arriba. Después el otro. A continuación levantó la tapa de la tetera e introdujo de nuevo el contenido de los vasos en el recipiente. Me explicó que se hacía así, según la costumbre. La segunda vez que los llenó fue la definitiva. Me ofreció dátiles, almendras y un sabroso dulce relleno de trocitos de pistacho y miel. Me sorprendió su ceremoniosa forma de cortejarme. Apenas hablábamos, pero intercambiábamos unas miradas capaces de derretir la Antártida.
--¿Cuántos años tienes? –pregunté, para romper el hielo.
--Veintinueve. ¿Y tú?
--¿No sabes que a una dama no se le pregunta la edad? Sólo te diré que podría ser tu madre –agregué. Él se echó a reír.
--Si la conocieras no opinarías lo mismo. Tú podrías ser su hija. Pareces muy joven y eres guapísima.
--Gracias… –contesté. Un fugaz rubor acarició mis mejillas durante leves segundos. Desvié la mirada para luego lanzarla, directa, hacia él.  
Otman ladeó la boca, sonriendo. Si observaba su cara, veía al niño. Si escrutaba su cuerpo, veía al hombre. Imagino que adivinó mi pensamiento y percibió mi deseo porque se incorporó, se desprendió de la única prenda que lo cubría y se exhibió desnudo ante mis alucinadas pupilas. No podía mostrarme como la mujer desinhibida y liberada que no era, así es que me puse de pie, suspiré, cerré los ojos y decidí dejarme llevar. De repente, la niña era yo. Volvía a ser una inocente chiquilla con uniforme de colegiala. Y el experto amante dispuesto a elevarme al séptimo cielo era un joven de rostro casi imberbe que, a ratos, usaba turbante. Noté sus manos palpando mi anatomía de arriba abajo. Cuando llegaron a los bajos de la túnica, empezaron a moverse en dirección ascendente, arrastrando la tela a su paso, hasta arrancármela. Me dejé hacer, temblorosa, con los párpados apretados.
--Mírame –ordenó, y obedecí sin titubeos--. ¿Qué te pasa, señora? ¿Te arrepientes de estar aquí? –incluso su manera de hablar, ese tono imperativo y a la vez respetuoso, y su acento… me seducían.
--Oh, no, no –me apresuré a aclarar--. Al contrario. Adoro estar aquí contigo. Soy tímida, eso es todo.
--¿A tu edad? No puede ser… no me mientas, por favor.
Era de mi estatura. O quizá un par de centímetros más, a lo sumo. Estábamos erguidos, frente a frente, casi pegados. Sus ojos a la altura de mis ojos, sus labios a la altura de los míos. Peinó con sus dedos mi cabello hacia atrás. Lo tenía muy largo en aquella época, casi me llegaba por la cintura. Luego me sujetó la cara entre ambas manos y me besó. Con suavidad, primero, impetuoso después. Me permití a mí misma poner la mente en blanco y dejarme llevar. Sus labios eran gruesos y ardientes. Su lengua, dulce, se movía dentro de mi boca con asombrosa habilidad, acoplándose a la mía como si se conocieran de toda la vida. Su miembro erecto tropezaba con mi vientre una y otra vez. Yo no sabía qué hacer, me sentía torpe, turbada. Le rodeé con mis brazos y me apreté contra él.
--No te cortes, señora. ¡Tócame! Estamos aquí para disfrutar.
Mis manos trazaron la curva de su espalda hasta llegar a su trasero. Poseía un cuerpo maravilloso. Era un verdadero Adonis. Su piel era cálida y suave como la de un bebé. El tacto de su musculatura, en cambio, resultaba imponente, poderoso, vibrante. Su agitada respiración aumentaba el ritmo al tiempo que mi vulva engordaba hasta convertirse en una jugosa fruta, abierta y madura, lista para ser saboreada. Él debió suponerlo porque me cogió de la mano y me llevó al catre. Me dejé caer sobre un mullido colchón y me quedé ahí tumbada, rodeada de cojines multicolores, ebria de deseo, expectante, excitada… muy excitada. Olvidé ese recato tan mío, el pudor, la vergüenza... Me convertí en una mimosa y receptiva Edurne. Una hembra en celo. Abrí las piernas de par en par, impaciente. Y con cada nuevo movimiento me parecía que yo no era yo, aunque puede que lo fuese más que nunca. Emitía gemidos que me resultaban ajenos, pero que salían de mi garganta. Anhelaba sentir esa...


(Pasión en Marrakech

 fue publicada en octubre del 2013 por Ediciones Tombooktu. Es mi segunda novela, mi tercer libro y la primera de mis obras que ve la luz). 
 
 




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